viernes 4 de septiembre de 2009

MILACRUX

Banquillo virtual: Lea y comente este cuento. Sus opiniones son bienvenidas y, para el autor(a), será muy grato saber qué piensa Usted, querido lector.

"Knightwatch" - Greg Craola Simkins


MILACRUX


El Dr. Samuel Abdón entró en el aula máxima, las sillas, ahora escasas, las ocupaban los estudiantes de primer año de la facultad de Psicología de la Universidad Mayor; al notar su presencia las voces se apagaron, los murmullos y la tos inoportuna convirtieron la atmósfera del aula en una ceremonia de iniciación. Sin comprometer su aura de gran decano, el Dr. Samuel se acomodó en un atril, empujó sus gafas hacia su frente y levanto la mirada para ver la nueva legión de jóvenes. El silencio tomó la forma de un gran monstruo y de inmediato la tensión latente en el aire atrapó la atención de todos hacia el orador.

—Durante décadas el hombre ha buscado sin mayor fortuna las herramientas para controlar lo que él considera la verdad absoluta; su pasión por el conocimiento, el cual desarrolla a través de los caminos de la observación, la intervención y el experimento han evolucionado en fenómenos que hoy en día podemos considerar como caminos abiertos hacia el interior de la psique, que es en pocas palabras, el descubrimiento de “ese algo” al que muchos llamamos: el alma humana. Ustedes hoy no deben olvidar que son hombres de ciencia y se enfrentan indefensos ante el estudio de algo inmaterial, algo que deben encadenar a su academia con los eslabones del raciocinio y los hechos; la precisión no se puede dejar escapar y la ausencia de la exactitud no puede desbordar en ustedes la objetividad que es en últimas lo que nos separa de la charlatanería. Odio usar este término pero en el aburrido imaginario colectivo, la religión, la magia, las creencias populares y otros vicios públicos, hacen parte inseparable del alimento de la psique. Chatarra colectiva que enriquece las enfermedades de los pacientes, que llena las calles de personas ansiosas y estresadas. Ellos necesitan de nuestro control, de nuestra comprensión de su mente.

El discurso se detiene por un instante, mientras Samuel Abdón bebe un poco de agua dispuesta en su atril, deja el vaso y busca en su maleta una grabadora. La ubica cerca al micrófono y continúa:

—La grabación que escucharán a continuación es el relato de un paciente con un cuadro severo de enfermedad maniaco depresiva, quiero que le presten atención y luego me den su concepto como futuros profesionales. El Relato lo grabé en el hospital psiquiátrico central, mientras buscaba el tratamiento adecuado para este caso.

La grabación inició. A manera de ficha técnica, el Dr. Samuel describía la fecha, 6 de Junio de 1.999 el nombre del paciente Miguel Velásquez Torres.

—Hola Miguel, me han hablado mucho de ti, de tus fuertes convicciones cristianas, y del valor con el cual has afrontado los episodios de tu historia. ¿Podrías describirme esos episodios?, ¿contarme como tu médico, lo que te ha traído a este sitio?

—Sí Doctor.

—Empieza Miguel, hablemos de Lucybell.

—Lucybell es un cantante de rock, o mejor, es una banda, su líder se llama Claudio, Claudio Valenzuela. Mis amigos y yo siempre lo llamamos Lucybell.

—Y qué pasa, o qué pasó exactamente con éste “Lucybell”

—Hace como 6 años vinieron a dar un concierto en la ciudad, yo era un gran fanático del grupo y una emisora hizo un concurso, con llamadas a la estación y respondiendo preguntas sobre la banda, no solo se tenía la oportunidad de ganar entradas, sino además de conocer al grupo en persona. Yo tuve la oportunidad de llamar una mañana en la que me declaré enfermo y no fui al trabajo, marqué a la emisora, la llamada entró, contesté las preguntas y gané el premio.

—El premio era conocer al tal Lucybell…

—Sí Doctor.

—OK, ¿y entonces?

—El día del concierto un par de horas antes de empezar, tuve la oportunidad de conocer a Claudio, cuando él me vio, sólo atinó a decirme: “Hola Miguel te he esperado una eternidad”. Lo hizo con tal familiaridad, como si me conociera de siempre. Me dijo que tenía algo muy importante que decirme y nos alejamos a una sala privada.

— ¿Y qué te dijo?

—Dijo que él había venido a verme, que tenia algo para darme. Me dijo que me daría los números del baloto que jugaba al día siguiente, pero afirmó que si yo los tomaba, moriría en 10 años.

— ¿y tú qué hiciste?

—No tenia mucho que pensar, para esa época mis hijos tenían 5 y 2 años respectivamente; yo trabajaba en una oficina, cumplía un horario, tomaba el transporte público, fiaba en la tienda, pero en diez años mis hijos Mateo y Amelia tendrían 15 y 12 respectivamente y no podía dejarlos solos; de qué me serviría el dinero si no podría vivir con ellos; imagínese Doctor, no poder verlos crecer, ni sentir el olor de su piel, ni enseñarles los valores de la vida…

—Pero Miguel, con el dinero de la lotería ¡podrías haber asegurado su futuro!

—Es cierto Doctor, pero piense que yo habría perdido la alegría de tenerlos a mi lado. Así que preferí rechazar el ofrecimiento, la tentación de Lucybell, era como si vendiera mi alma si aceptaba tal oferta; salí corriendo asustado y no entré al concierto, corrí a mi casa, abracé mi esposa y mis hijos, recé mucho y me sentí mejor.

— ¿Y qué sucedió después de eso?

—Lo peor. Un par de meses después mi esposa tuvo vacaciones, yo no podía darme el lujo de pedir licencia, las deudas me acechaban, los compromisos de la casa y los colegios, así que con mi esposa decidimos que ellos tres viajarían a tomar vacaciones esa semana y yo trabajaría. Me cuentan los pequeños primitos de mis hijos, que la niña cayó en la piscina por accidente, el niño se tiró para tratar de ayudarla, mi esposa se estaba duchando en la cabaña y los niños salieron sin que ella se diera cuenta. Nadie pudo hacer nada por ellos, Amelia y Mateo se me ahogaron…
Un silencio incomodo se apoderó de la grabación, el sonido hueco del ambiente era el único testigo de lo que Miguel sentía mientras lo grababan.

—Esta bien Miguel, si quieres paramos un momento.

—No Doctor terminemos rápido, sigamos.

— ¿Qué pasó después de eso? – La voz del Doctor muy tenue empujaba a que Miguel buscara algo de tranquilidad, entonces continuó.

—Mi esposa no pudo soportarlo, la llevé a los médicos del seguro, psiquiatras como usted, que lo único que me recomendaban era internarla en un sitio en donde tuviera el tratamiento adecuado. El caso es que ese tipo de tratamientos no los cubría el plan público de salud, no teníamos dinero suficiente, no pude llevarla. Una tarde, un domingo exactamente, entró a ducharse… y ya no más, no me habló nunca más… ella decidió quitarse la vida, se dejó ganar por la culpa. Se cortó las venas en el baño, la encontré sentada, recostada contra la pared, blanca y desnuda… tranquila.

— ¿Y entonces? ¿Qué hiciste?

—Traté de tomar el mismo rumbo de la muerte. Varias veces caminé por cornisas de edificios pero jamás tuve el valor de saltar, no quería condenar mi alma, así que le pedí a mi hermano que me trajera aquí, a un hospital psiquiátrico, pienso que aquí evitaran que me mate.

— ¿Por qué crees que te pasó todo esto?

—No entiendo Dios por que me hizo esto, no quiero reconocer la rabia que tengo, no quiero pensar en Dios porque él se llevó a mis hijos y mi esposa está en un purgatorio, en el limbo, condenada. No dejo de pensar que si hubiera aceptado la propuesta de Lucybell, yo hubiese estado en ese viaje con mis hijos y tal vez esa desgracia no habría pasado, y si era voluntad de Dios que ellos se fueran a su lado, por lo menos habría tenido el dinero para que mi esposa fuera atendida por los mejores especialistas y tal vez habría recuperado su cordura, y si de todos modos el señor quería en mi destino esta prueba de llevarse a mi esposa, yo sólo habría tenido diez años de sufrimiento gracias al trato hecho con Lucybell.

La grabación se detuvo, el Dr. Samuel pidió a los estudiantes que le dieran su opinión como profesionales. Muchos de ellos concluyeron que el personaje de Lucybell era un ser imaginario en el cual el paciente depositaba el origen de su tragedia. Otros hablaron del egoísmo, de cómo preferimos “tener atados” a nuestro lado a las personas y no pensamos en su bienestar sin nuestra presencia, otros hablaban del poder inequívoco de la casualidad, las discusiones sobre el destino, la ciencia y el alma, se hacían más bizantinas, el silencio del aula desapareció y el Dr. Samuel se despidió, no sin antes reforzar su discurso sobre el raciocinio y la objetividad. Al llegar a su oficina su secretaría lo abordó con respeto y le dijo:

—Doctor, el señor que está sentado en el hall lleva rato esperándolo.

— ¿Quién es?

—No lo había visto nunca por acá Doctor, dice que se llama Claudio Valenzuela y que tiene una cita con usted.

—Dígale que entre a mi oficina –dijo con serenidad- No me pase llamadas por favor.

La secretaria asintió. Samuel entró a su despacho, se acomodo en su silla, tomo unos cigarrillos de su escritorio y encendió uno. De repente vio entrar a un hombre moreno, con una incipiente barba, el pelo corto con tres extensiones de pelo a manera de rastas que se desprendían de su nuca. El Dr. Samuel le dijo:

—La verdad esperaba esta visita, Lucybell, hijo de Jehofell, Legionario y Primer Ramkit (1) del patético ejercito angelaico. Que la maldición acompañe a mi inmundo enemigo. ¿Qué viene a reclamar en mi vasto territorio?

—Creo que siento la misma repugnancia al verlo Samuel, o mejor dicho Samael Abadon, hijo de Satachia, Conquerast (2) de la segunda tierra, corruptor demoníaco; he venido a proteger el espíritu de Miguel; hoy han mencionado su nombre y es tiempo de que reciba su Milacrux.

—Él ya lo rechazó, su egoísmo y lo que ellos llaman “amor” lo alejaron del Milacrux y prefirió seguir siendo un pobre hombrecito común, ahora me pertenece, esta Tierra, la Segunda Tierra y sus habitantes ya forman parte de los esbirros de Satachia, ¿no ha visto en sus ojos el escepticismo y la confusión? Aquí en la segunda tierra su ejército ya perdió. El derecho al Milacrux que tiene cada hombre lo han cambiado por la incredulidad y la arrogancia de saberse conocedores de la ciencia y los hechos. Ya nadie cree en Milacrux.

— Ellos no conocen su destino y cada vez es más difícil que escuchen nuestras voces protectoras.-dijo Lucybell- Su concepción de la razón y creencias religiosas que usted y las enfermas bestias Conquerast les han predicado han hecho que se pierdan entre el escepticismo y la locura fanática de los cultos, pero Miguel me pertenece, su voluntad y respeto por su vida han sido suficientes para alcanzar su redención en esta segunda Tierra. ¡Devuélvamelo!

—Esta en el hospital psiquiátrico central, dudo mucho que después de los kilos de antidepresivos que ha consumido crea que existe en esta segunda Tierra un ser protector que le trae un Milacrux que cambiará su vida. Ya sabe el viejo refrán: “Hágase el milagro y hágalo el diablo”. Se lo repito ya nadie cree en milagros. Ya nadie haría un sacrificio por conocer uno verdadero.

Lucybell sacó una pequeña daga de su chaqueta, cortó su dedo anular y con el líquido blanco que brotaba dibujó en la pared un extraño icono, como un tribal. A medida que lo dibujaba Samael sangraba por uno de sus oídos, una pequeña gota también escapó de su nariz.


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(1). En el lenguaje Celisco, Ramkit es un capitán de los soldados angelaicos, que vencieron en la batalla del primer gran orden a la legión de Bazomet, reestableciendo el equilibrio universal roto por éste, al descubrir la forma de asesinar angelaicos sin que muriera ningún miembro de sus hordas. Bazomet se llevó este secreto al mundo resplandeciente del silencio.

(2). Los Conquerast son generales oscuros del submundo en la segunda tierra, su objetivo es destruir al hombre por ser ésta la mas preciada creación del ser supremo , se dice que un Conquerast corrompió a los primeros hombres, tentándolos por medio del placer y la maldad, poseyendo la serpiente eterna Ian. Los Conquerost cumplen las ejecuciones ordenadas por la muerte, en contradicción con su naturaleza creadora ya que sus consortes malignas procrean cientos de demonios por parto.

martes 4 de agosto de 2009

MORTECINO

Nota Liminar: El presente texto se publica como un experimento de BANQUILLO VIRTUAL. Previamente se ha entregado una copia a cada uno de los integrantes del Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá", quienes tienen la responsabilidad de hacer, por lo menos, un COMENTARIO, tal y como si el cuento se estuviese valorando en el aula. Los lectores habituales de este espacio que no hacen parte del Taller, también están invitados a dejar sus comentarios...


Sobre el autor:

LEONARDO GIL GÓMEZ:

Nació en Bogotá hace 23 años. Actualmente redacta su tesis de grado en Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana, en la Universidad Distrital. Fundador de la Revista de poesía El ático. Ha participado de diversos talleres de creación literaria (poesía, cuento y crónica) ofrecidos por la Universidad Distrital, la Casa de Poesía Silva, el semanario Con-fabulación, entre otros. Como miembro de la Red Nacional de Estudiantes de Literatura REDNEL, ha participado en encuentros literarios nacionales e internacionales (ENEL IV y V; JALLA-E Colombia 2006, entre otros) como ponente y como poeta. Artículos, entrevistas, crónicas y poemas suyos han sido publicados en diferentes medios virtuales e impresos como el semanario Con-fabulación y la Revista Gavia. Hace parte del taller de Cuento Ciudad de Bogotá 2009.



Ocean Greyness (1953), Jackson Pollock


MORTECINO


—Huele a mortecino—, decía Abuelita mientras servía un plato de avena. —Seguro algún vecino dejó podrir un trozo de carne—. Y se sentaba en el sillón a verme comer mientras hablaba de cualquier cosa. Al fondo, en el cuarto, el televisor seguía encendido sin entretener a nadie. De las onces que solía preparar Abuelita, yo prefería el chocolate y la avena.

¿Mortequé?

La palabra tardó días en quedar grabada en mi cabeza y siempre que trataba de recordarla, sentía un escalofrío. Según lo que dijo Abuelita, olía a carne podrida. Daba igual, yo no sentí ningún olor. Debía ser cosa de viejos. Ella decía cosas raras, a ratos, por eso era normal escucharle palabras que no podía entender, pero esa en especial me inquietó. Desde que recuerdo, vivo con Abuelita; de mis papás no sé nada, y ella nunca dice nada.

Todas las tardes salía del colegio después de almuerzo e iba a casa, hacía tareas, tomaba onces, dormía un rato y, en la noche, cuando estábamos viendo juntos la novela, nos quedábamos dormidos hasta que alguno de los dos despertaba tarde, asustado, y avisaba que era hora de ir a la cama.

Abuelita decía cosas raras, pero nunca había llegado a olerlas.
Las onces siempre las servía entre las cuatro y las cinco, cuando calculaba que había terminado de hacer mis tareas o me veía jugando por ahí, entretenido con cualquier cosa. Se levantaba del sillón y se movía con pereza hasta poner en la estufa una olleta con agualeche y chocolate o avena. Se quedaba mirándola y hablando sola, pensando en voz alta lo que más tarde prepararía. Luego, arreglaba los manteles de la mesa, ponía los platos, las cucharas y, justo antes de que la olleta se regara, la quitaba del fogón y servía la bebida hirviendo, acompañada de panes con mantequilla y mermelada. A veces ponía a asar junto al fogón un par de papas para ella, que untaba con mayonesa para sentarse a comer conmigo.

—Mortecino—, repetía. —¿No hueles? Una lástima que dejaran podrir carne así como así. Un completo descuido, imperdonable—. A Abuelita le gustaba la carne.
La palabra seguía rondando mi cabeza y su nariz. Cada día se quejaba con mayor frecuencia.

—¿Hoy también huele a montesino, Abuelita?—

—¡Mortecino! Cada día es más fuerte, debió ser que salieron de paseo y no la dejaron en el congelador—. No entendía ni sentía ningún olor, pero no me atrevía a contradecirla.

—¿Abuelita, fuiste al médico?

—Lo de siempre, chequeos quincenales, nada de qué preocuparse. Tu Abuela es un roble

—Bueno.

Un roble. Mortecino. Y yo seguía sin sentir el olor y sin entender lo que quería decir Abuelita.

—¿Cómo así “un roble”?

—Saludable, mijo, saludable como un roble.

Bueno, Abuelita estaba saludable aunque yo siguiera sin entender como qué. Terminé por creer que “saludable como un roble” era cuando uno estaba bien pero sentía olor a carne podrida.

Pasaron dos semanas, y el olor, decía Abuelita, era insoportable. Cada día se quejaba más y más, y yo no podía entenderla. Una tarde, no me aguanté y le dije que a mí no me olía a nada.

—¿Pero cómo puedes no sentir ese olor tan horrible? ¿El Señor no te dio olfato?
Huele demasiado fuerte como para decir que no lo sientes ¡debiste sentirlo antes que yo, que estoy vieja y es normal que me fallen los sentidos!— Abuelita estaba molesta. —Eso no es un pedazo de carne, tiene que ser algo más grande, un gato o algo así ¿no sabes cómo huelen de feo los gatos muertos?

Entonces, Mortecino era el olor de un gato muerto. Pero tampoco le creí, los gatos muertos no huelen a carne podrida, sólo se ponen duros. Un día acompañé a mi mejor amigo a enterrar a su gato, que lo mató el vecino porque le escarbaba las ollas. Eran vacaciones y vimos cómo ese señor, muy contento, con una presa de pollo en una mano y el gato en la otra, lo tiró a la calle. En aquella ocasión, enterramos al gato y no olía a nada.

—No sentía un olor así hace años— continuó Abuelita. —Empezó como éste, de a poquitos, cada día se hacía más fuerte. Siempre he tenido buen olfato, y como tú ahora, entonces los vecinos no me creían. Decían que estaba loca. Pero no fue necesario mucho tiempo para que también ellos se dieran cuenta. En las tardes, quizás por el desespero del olor, salimos a buscarlo. Nos encontrábamos en los pasillos y terminábamos organizando grupos para encontrar el lugar del olor. Unos decían que estaba en el Shut de la basura, otros decían que tenía que venir de algún apartamento. De modo que registramos hasta los ductos del ascensor. Cuando acabamos con todas las zonas comunes, no quedó más remedio que revisar en cada apartamento.

Comenzamos por el tercer piso, donde el olor era más fuerte. Faltaban dos apartamentos por revisar, uno que sabíamos estaba vacío y otro, de un señor que, según el portero, casi nunca estaba porque viajaba a menudo.

Ya caía la tarde y, al parecer, había encontrado la forma perfecta de engañar a Abuelita para no hacer mis tareas. No solía contar historias antes de que yo las hiciera, pero al parecer, el olor también afectaba su capacidad para regañar y poner a hacer labores. Mientras servía el chocolate, continuó. —Seguimos registrando en el segundo piso, convencidos que el olor se producía allí y había ascendido hasta el tercero. Pero nada. El segundo piso fue más fácil de registrar porque todos los vecinos tenían horarios normales de trabajo y participaron en la búsqueda obligados por el olor nauseabundo. Al cabo de una semana, habíamos registrado el edificio completo sin encontrar la fuente del hedor que se hacía más fuerte. Había comenzado a impregnar la ropa guardada en los armarios. Llamamos a los bomberos, quienes en un día hicieron lo mismo que ya habíamos hecho. Por supuesto, no encontraron nada.
Había llegado la hora de la novela y Abuelita comenzó a perder el hilo de la historia. Sabía que la continuaría la tarde siguiente.

Al llegar del colegio, Abuelita estaba sentada en el sillón. Contó casi sin dejarme descargar las cosas. Repitió lo de los bomberos y continuó con cómo les habían insistido en que debían abrir los dos apartamentos que faltaban. Abrieron el que estaba vacío, pero se negaron a abrir el otro porque si el dueño estaba de viaje, era necesaria una orden para forzar la puerta. —¡Pura pereza!— repitió varias veces, —¡esos holgazanes no querían abrirla por miedo a lo que pudieran encontrar!—. Seguí su relato sin acordarme de las tareas, ni de las onces que Abuelita había olvidado servir aquella tarde. Al final, —continuó—, cuando hasta las toallas olían a mortecino, todo se supo con los alaridos de la sobrina del vecino viajero, quien abrió el apartamento y encontró un taburete roto en la puerta del baño y a su tío en descomposición, tirado con la cabeza hacia atrás, metida en la taza y con un sinfín de bichos pululando sobre lo que quedaba de él.

Había entendido que “mortecino” es el olor de la muerte, pero seguía sin comprender qué clase de olor era. Lo que Abuelita había sentido en todos esos días, yo no lo sentí. Entonces pensé en el gato que había enterrado, no pude imaginar un olor para su muerte, diferente al del pollo que había intentado robar.

—Todos los hedores que nos habríamos ahorrado de saber que había alguien con acceso al apartamento—, agregó. —La muerte no deja sino estorbos, no queda más que podredumbre y un llanto que no dura sino días. El resto es un recuerdo vago, vano.
Durante todo un día, el edificio estuvo lleno de agentes y personas, con bata y tapabocas, que examinaban el cuerpo y el apartamento. Uno mecanografiaba cada cosa que decían y hacían, cada movimiento era registrado en hojas que iba poniendo al lado de un improvisado escritorio en el pasillo del tercer piso.

Fueron varias las tardes en que Abuelita repetía una y otra vez la historia sin moverse de su sillón, como si la viviera de nuevo obsesionada por el olor. Al principio yo mostraba interés, pero luego apenas la oía. Dos o tres veces intenté decirle que estaba aburrido de oírla, pero se enfadaba tanto, que terminaba por escucharla. Me di cuenta que Abuelita había descuidado el orden de la casa, la mesa no relucía como antes, cuando servía la comida; con los días, había más polvo sobre las porcelanas y crecía una montaña de loza sobre el lavaplatos. Terminé por servir yo mismo la comida: galletas, golosinas, enlatados y chocolate instantáneo se volvieron mi menú favorito.

Extrañamente comencé a percibir el olor a medida que Abuelita dejaba de contar su historia, cada día era más corta, y de igual manera el olor ganaba fuerza, como si compartir su sensación me metiera en su historia, o como si de tanto escucharla, hubiera comenzado a sentir ese olor amargo.

Una tarde llegué del colegio feliz porque había terminado de entender lo que Abuelita decía. Frente al colegio había un roble, y cuando le pregunté a una profe, me llevó hasta él. Cuando uno lo toca no se siente frío ni caliente, es más duro de lo que parece. Un árbol muy grande de piel gruesa entre café y gris con muchas cicatrices. La profe se sorprendió cuando vio que, a unos pasos del árbol estaba tirado un perro muerto. “Mortecino”, me repetía mientras avanzaba hacia el animal. A medida que me acercaba, el olor entraba por mi nariz con más fuerza; por más que en la casa había comenzado a sentir algo similar, nunca había sido tan fuerte. Ya no se sentía amargo. Casi me golpeaba. Salí corriendo con la mano en la boca.

Eran tantas las ganas de contarle a Abuelita lo del roble que el ascensor pareció subir más despacio, dándome tiempo para reconocer poco a poco el mismo olor.
“Mortecino”. Ya sabía lo que significaba, lo estaba sintiendo como en la mañana. El aire se hacía pesado, mi estómago se revolvía mientras el ascensor subía. Al llegar al piso de Abuelita, encontré un grupo de vecinos, y señores con bata y tapabocas que iban de aquí para allá, frente a su apartamento. Olvidando por un instante el olor, entré corriendo. El escalofrío que despertaba la palabra, cuando no la conocía, subió de pronto desde mis tripas, obligándome a tapar mi boca con más malestar que susto.

Al verla en el sillón recordé sus palabras “sana como un roble” y la textura del árbol. La piel de Abuelita se veía igual. Su cara estaba mucho más flaca que en la mañana, y la única diferencia, aunque no me arriesgué a tocarla, era que seguro su piel seguía siendo más blanda que la del roble.

El desorden de la casa me llevó a las tardes sin onces en que Abuelita repetía sin parar la historia. Parecía como si todo hubiese estado igual hacía semanas. Todo apareció ante mí poco a poco. Revisé la loza y sólo había una olleta y tazas sucias de chocolate. Mi ropa tenía mugre de días. En mis recuerdos, Abuelita vestía igual y no podía adivinar desde cuándo. Apenas podía comprenderlo, imaginé a la sobrina de aquel vecino y no pude gritar como ella, no pude sino hundirme en el olor que tanto acosaba a Abuelita y pensar que había terminado por hacerla parte de él. Entonces pude escuchar cuando alguien dijo: —Todos los hedores que nos habríamos ahorrado de saber que había alguien con acceso al apartamento…



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viernes 17 de julio de 2009

SEMILLAS DE LOBO - Carlos Ayala

SOBRE EL AUTOR

CARLOS ALBERTO AYALA VARGAS nació en Bogotá en 1977. Librero, historiador y técnico en archivística. Desde los 17 años ha sido creador de libretos para comic. Fundador junto con Néstor Pedraza y Alex Acevedo del Movimiento Literario Independiente "Las filigranas de perder" con el que han realizado talleres literarios. Como producto de su actividad como director de taller publicó la Antología "Simbiosis virginal" (2008). Obtuvo Mención de Honor en el Concurso Nacional de Novela ICDT (Bogotá, 2002). Ganador de la Convocatoria "Bogotá un libro abierto" con el proyecto Taller de Creación Colectiva en Literatura. Ha escrito: "El instalador" (2002), "Una tempestad de sal" (2003) y "Manual de levitación magnética" (2004). Su relato "Siete hierbas y un gatito" fue incluido en Señales de ruta-Antología del nuevo cuento colombiano (Arango Editores, 2008). Miembro fundador del Grupo Omertà. Su cuento "Firma de contrato" fue incluido en la antología Cenizas en el andén - Cuentos de la ciudad (2009). Hace parte del Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá".

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"Secando pimientos en Salta" - TERESITA NEUMANN




SEMILLAS DE LOBO


Mientras se pica la habichuela,no hay problema, mientras se pica la carne, menos, pero al llegar al champiñón, al llegar a esa tersa y babosa figura empuñando el-TRAMONTINA Inox-Stainless-Brasil, algo extraño sucede, es como si esa pequeña seta tuviera verdaderas entrañas de carne animal. Las hifas dan la impresión de contener un código que destiempla la médula propia. No resulta fácil picar una trufa de estas en soledad.

Ahora comprendo con toda la suficiencia del caso, las especulaciones cinematográficas de los años cincuenta; donde un ejército de tomates iracundos se toma una ciudad a sangre y salsa, y toda una verdulería infesta y despedaza a la especie humana hasta el fin de los tiempos.

Crece la sombra de su presencia. La olla bulle con furia, la salsa-infusión entre tomate, pimentón, carne y los pellizcos de albahaca intentan acallar la furia de esas pequeñas bestias, que sueltan insultos en el reventar de cada burbuja agitada: maricón, maricón, poco hombre… brup, brup, brup, brup… lenguaje glucogenal, inentendible para mis conocimientos en lenguas.

En la primera agitada del guisado, aún se escuchan murmullos denigrantes, resuelvo entonces machacar con el borde de la cuchara las julianas de sus restos. A ver si se atreven de nuevo a esa sucia gritería sobre el plato.

En primera instancia la textura está bien, la consistencia de los sabores y la delicadeza de los aromas, logran enamorar al comensal en un primer acercamiento. Sin embargo, y no sabemos bien aún cómo catalogar este sabor, algo muy cercano a la amargura, logra sacar a este plato tradicional de la categoría de excelso…

—y entonces ¿cómo carajos los echo entre la olla?

—enteros, no tiene porque caer en la vulgaridad del descuartizamiento

—pero…y… ¿asearlos si puedo?

—por supuesto.

—¿mezclarlos?

—el asunto con las fusiones, es que ustedes no diferencian entre los bastardos impíos y los verdaderos seguidores de la orden del sabor.


Se sabe por ejemplo, que el pimentón es un bastardo, primo por el lado materno del ají. Este último sí es un verdadero heredero del sabor. No es de conocimiento popular, que el sabor del pimentón o pimiento rojo se popularizó después de una conjura, en la que un grupo de comandos élite de la pimientera, logró adquirir el tamaño de chiles pasilla, y así terminaron colándose de forma furtiva en las ollas de los colonos en las épocas de la conquista española. Sabemos también que los sajones no gustan mucho de este sabor. Distinguen el plagio.

—o sea que, con el pimentón no…

—preferiríamos que no, pero resulta que la recordación de ese bastardo, está grabada en las narices de los convidados, y nosotros al ser de más fina y suave disposición, perdemos. Es un trato de mala gana…

— ¿si o no?

—tan solo si es de carácter obligatorio, en una salsa por ejemplo, pero en platos solitarios, nosotros nos defendemos con suficiencia.

Luego de haber obtenido el reconocimiento internacional, una treta trapacera y maliciosa se urdió entre las Agaricus campestris. La venganza consistió en hacer un llamado en voces secretas (sépase que el idioma fungí es universal para la especie), al temible Aspergillus.

Hoy luego de largos y dolorosos meses, muere de una infección pulmonar el aclamado y reconocido cocinero tradicional Don Mario. Paz en su tumba.


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jueves 2 de julio de 2009

Busto de mujer retrospectiva - Alejandro Mejía Escobar

SOBRE EL AUTOR

ALEJANDRO MEJÍA ESCOBAR es egresado del programa de Publicidad de la Universidad Católica de Manizales.
Ha estudiado teatro, fotografía, dibujo y programación digital, motivado por la facilidad personal para entender "otras" logicas.

De entre las formas de representación artística, es en la escritura en donde siente más pasión. Ha ganado dos concursos de cuento: el primero, a los ocho años, en el Banco de Bogotá; y el segundo, el año pasado, en el Concurso Nacional de Cuento Ministerio de Educación-RCN, con Hamburguesas.


DALI, "Busto retrospectivo de mujer"


Busto de mujer retrospectiva


-¿Supo lo que le pasó a la hija del granjero? ¡Cuidado con esa piedra! Eso, póngala al lado…

-Tranquilo, hombre, tranquilo, ya está… Sí. Horrible, pobre chica. ¿Sí se enteró cómo la encontraron?

-Claro. Los bichos… en la frente y los labios, ¿cierto?

-Cierto, algo así escuché.

-Es triste todo aquello, pero tal vez se lo merecía.

-¿Qué está diciendo hombre? Eso es terrible.

-No me malentienda, lo digo es por los rumores.

-¿Qué rumores?

-Ya sabe, lo del padre. Que fue para cobrar una cuenta pendiente. Él debía mucho
dinero, todo el mundo sabe eso.

-¡Todo el mundo debe dinero!

-Se nota que usted no sabe nada. Déjeme terminar y luego habla.

-... Tiene razón, perdone. Hable pues hombre.

-Se dice que desde hace mucho tiempo debía dinero, y que no lo pagaba no porque no tuviera con qué, sino porque no quería hacerlo. Incluso, se dice que estaba tapado en plata y que pensaba huir para no pagar las deudas. Algunos creen que lo había hecho antes en otros pueblos: pedía prestado, escondía el dinero y luego se iba como si nada.

Lo de la hija iba a ser sólo amenaza, pero como que se les fue la mano, y ahora nadie le da la cara al “pobre” hombre.

-Patrañas. Conozco a Don Gustavo desde hace mucho tiempo, incluso antes de que naciera la hija, que en paz descanse.

-Pues eso fue lo que oí. Y si fuera verdad que se guarda su dinero aún teniendo tantas deudas, entonces pienso que por avaro se merece lo que le pasó.

-Que le pase a él, pero ¿por qué a la hija?

-Como ya le dije, se supone que era pura amenaza no más… Pero tiene razón, la pobre no se merecía esto. Y es que fue terrible…

-Yo escuché otra vaina.

-¿Qué?

-Que fueron los negros.

-Sí, escuché algo sobre eso. Pero querrá decir usted que fueron los indígenas, era con ellos que Don Gustavo tenía problemas de tierras.

-¡Y déle con Don Gustavo! Hombre, le digo que es buena persona. Es callado y casi no le gusta ir al pueblo, pero es bueno con la mujer y amaba a su hija. Ahora debe estar destrozado… ¿Qué es lo que tiene contra el pobre?

-Nada, nada. Sólo pienso que no es tan bueno como usted dice. No sé, no me trae buena espina. Pero bueno, ¿cómo es lo de los negros?

-Sí, dicen que fueron ellos. Que la hija, desobedeciendo las órdenes de su padre, una noche que él no estaba en casa, se aventuró por entre las plantaciones de maíz para cazar luciérnagas. De repente oyó una música que llamó su atención. Se acercó sigilosa al centro mismo de la plantación, de dónde la música surgía y dónde una fuerte llama proyectaba largas sombras que giraban a su alrededor. Los esclavos deben estar bailando, supongo que pensó ella, intrigada. Siempre había querido verlos y esa era su oportunidad. Así que se acercó más, despacio y en silencio para no alarmar a nadie, pero cuando llegó no pudo contener un grito de espanto: los negros, mientras bailaban desnudos alrededor de la fogata, se iban quitando la cabeza, no sin dejar de bailar, y se la entregaban al de al lado. Ya puede imaginar lo que le sucedió a la pobre chica después de descubrirlos en tales bailes del demonio.

-Ahora quién está diciendo patrañas, además asegurándolo como si usted mismo hubiera estado allá…

-Si no es así, ¿entonces por qué todos los negros parecen ser iguales?

-Completamente ridículo.

-No más ridículo que pensar que Don Gustavo está tapado en plata.

-Sí, claro, como quiera. Los negros pueden cambiar de cabeza cuando quieran, y yo puedo volar y convertir rocas en tamales.

-¡No es para burlarse! Lo que le pasó a esa chica es terrible.

-Es que lo que usted dice no tiene sentido… Pero es verdad, fue terrible. Los bichos; cómo le salían de la frente. Y el cabello, pobre lo que le hicieron a su lindo cabello.

-Sí, algo así también escuché. Ojala encuentren a los infelices que hicieron eso.

-¿Y será que lo atrapan? Con tantos rumores que corren por ahí y tantas versiones tan diferentes…

-Dice que si lo atrapan, como si fuese una sola persona la que lo hizo.

-Pues… lo atrapan, los atrapan, es lo mismo, hombre. Ve lo que digo; hay gente por ahí que incluso está diciendo que fue un accidente.

-Yo estoy seguro de que fueron los negros.

-Yo ese cuento de las cabezas no me lo como. Pero igual, puede ser que hayan sido ellos.

-Es una lástima, comenzaba a convertirse en una mujer muy hermosa.

-Sí, una completa lástima. Y yo que pensaba…

-¿Qué?

-Nada, mejor quitémonos el sombrero y guardemos un minuto de silencio en su memoria.

-¿Y cómo sabremos cuándo ha pasado el minuto? Yo no traje mi reloj, y hasta donde sé usted nunca ha tenido uno.

-No me lo tiene que sacar en cara.

-Disculpe, no era con intención de ofenderlo.

-Pues nada, nos volvemos a poner el sombrero cuando sintamos que ha pasado el minuto. Quíteselo pues.

Listo, que en paz descanse. Pilas, no vaya a tirar esa piedra. Eso.

-Pilas, no vaya a tirar esa piedra. Eso. Bueno, nos vemos mañana.

-Hasta mañana.


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jueves 4 de junio de 2009

DIAGNÓSTICO - Betsimar Sepúlveda de Ángel

* * *

Nota preliminar sobre la autora


Betsimar Sepúlveda de Ángel nació el 18 de junio de 1974 en Maracay, Estado Aragua Venezuela. En el año 1996 se graduó como Técnico Superior Universitario en Publicidad y Mercadeo en el Instituto Universitario Jesús Enrique Lozada de San Cristóbal Estado Táchira. En el año 2000 realiza un Diplomado en Pedagogía.
Ha ejercido trabajos como promotora cultural en los estados Táchira y Trujillo. Ejerció como coordinadora de literatura en la Dirección de Cultura del Estado Táchira en el año 2005, Asistente a la Coordinación de Literatura del Ateneo del Táchira en el año 2006, Editora y correctora en el Fondo Editorial Simón Rodríguez del Táchira.Ha colaborado para las revistas editoriales “Sujeto Almado” (Táchira), “Solar” (Mérida) y “Bajo Palabra” (Barinas). Parte de su obra fue publicada en la “Antología de jóvenes poetas Dragones de Papel” (Táchira 2004 premio nacional de obra prima). Tiene en su haber dos publicaciones “Ruta al Vientre Azul” (2003, Táchira) y “Cadáver de Lirio” (2007, Mérida). Ha sido invitada a Festivales y Encuentros literarios.
Actualmente reside en Bogotá-Colombia y estudia Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Hace parte del Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá 2009".

* * *


"Habitación de hotel" - Edward Hopper


DIAGNÓSTICO


Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…

José Asunción Silva


El dolor se hacía cada vez más punzante, yo contaba y respiraba a espacios, inhalar exhalar, me repetía, pero un mazo medieval golpeaba y hacía amasijos de lo que yo creo eran mis vísceras.

Ya en el hospital debieron compadecerse de mi expresión, lo mismo era adentro que afuera, nada estaba en su lugar. En la sala de emergencias, las enfermeras tomaban pulsos, apuntaban nombres, direcciones, números de seguro en rondas acompasadas por el mate-rile rile-ron, reían, se escondían, contaban uno, dos, tres y volvían aparecer.

La puerta del consultorio donde aguardaba el único médico de turno, parecía más a esa luz del túnel, larga y brillante que nos han prometido como portal de algún paraíso, o tal vez era la única luz alógena que permanecía sin titilar en aquel recinto impregnado de olores antisépticos,antipáticos.

De pronto una aparición, toda vestida de blanco se acercó a mí y con gesto de magnanimidad y benevolencia pinchó mi brazo haciendo fluir dentro de mi vena delgada un líquido prometedor, “esto te hará sentir mejor, tu dolor pasará” ¡Ah! no había sentido antes unción más divina que aquella promesa entrando gota a gota por una manguerita transparente por donde empecé a ver una suerte de pecesitos brillantes y diminutos que saltaban entre las gotas del líquido de la conversión.

Si, una conversión, empecé a ver a mi alrededor a los pacientes que ahora parecían muñecos de trapo esperando por la atención selectiva de las enfermeras que continuaban sus rondas. Vi a un hombre como de unos treinta y seis años que decía tener conato de infarto, ¡claro! y cómo no iba a sentirlo si mis ojos podían ver cómo su corazón estaba siendo picado por una mujer con cola de serpiente, hasta podía oír aquel cascabel tintiniándole a cada sístole, a cada diástole.

Luego presté atención a una muchacha, delgada, no llegaba a los veintitrés, hasta bonita la pobre, entre quejidos que parecían más de un gato con hambre pedía que le quitaran un terrible dolor de espalda, “es una contractura muscular” decía, pero yo realmente veía a un par de marranos de barba y filosos dientes que pisoteaban al mismo tiempo que carcomían lo poco que quedaba de la blanca carne del lomo de la jovencita.

Ah! la señora, pobre señora, las amígdalas y la lengua eran una sola bola, ella regordeta, peluda y malcarada, gruñía a cuanto pasaba cerca de ella, yo, en mi momento de gloriosa visión, gozaba de aquel espectáculo en particular, pues tenía atarugados chismes, calumnias, maldiciones e insultos que no había alcanzado a digerir y devueltos por rebote y podredumbre habrían hecho de su boca una bífida masa pestilente.

Una pareja que parecían extraños el uno del otro postrados en sus sillas desviaban la miraba a los avisos amarillentos de “Silencio”,”Horario de atención”, “De su cultura depende nuestra educación”, “Lávese las manos”, pero ¡ay de ellos! yo sí que podía saber qué tanto sucedía allí, el dolor de vientre de ella era causado por un montón de záfiros que gozaban de una bacanal y el desventurado hombre que padecía de migraña no alcanzaba a imaginar que su cabeza era compartida por un minotauro y un centauro que se disputaban como trofeo la esposa del desgraciado que habían habitado.

Así y de a poco fueron entrando al túnel luminoso que conducía al consultorio del doctor, cada uno iba saliendo con su receta, y al parecer el médico habría tomado lo mismo que a mí me inocularon, pues al hombre del conato lo remitieron a un burdel, a la jovencita le recomendaron aislamiento de sus hermanos bastardos, a la vieja peluda le prescribieron cuarentena y voto de silencio indefinido, a la pareja que entró de la mano los remitieron a un terapeuta sexual o al abogado según como evolucionara el diagnóstico.

Y yo, salí sin los maravillosos efectos perceptivos y sin rastro alguno de dolor, con mi receta en la mano, tomé un taxi a mi casa, desdoblé la hoja y leí en la típica grafía galena: coma, poeta, usted lo que tiene es hambre.

lunes 11 de mayo de 2009

COPASA CHOA - Giovanni Castaño Robayo

* * *


Nota preliminar sobre el autor

Giovanni Castaño Robayo dice de sí mismo:

Nací hace casi 41 años en Casabianca (Tolima), un pueblo que entonces y ahora, está perdido en la cordillera central y atrasado treinta años. Mi padre, en aquel año médico rural, debió operar de cesárea a mi madre, anestesiarla y recibirme. Así pues que podría decir que llegué al mundo rodeado de lo improbable. Luego la familia se trasladó a Mariquita, también en el Tolima. Contrario a Casabianca, Mariquita es un pueblo caliente, todo. El clima, la gente, el sueño. Allí estudié primaria y bachillerato y disfruté de la vida de provincia guardando memorias que me hacen ser lo que soy.

Ingresé a la universidad muy joven así que me convertí en médico a los 21 años. Una barbaridad en el sentido estricto de la palabra. Me incliné por la docencia siendo estudiante, conservando una monitoría durante cuatro años y luego me vinculé al cuerpo docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana. Posteriormente comencé estudios de posgrado en oftalmología en el Hospital San Juan de Dios (la Hortua), afiliado a la Universidad Nacional, convirtiéndome en oftalmólogo hace 14 años. Luego, presa de una tara académica cegadora (vaya paradoja), estudié oncología oftalmológica.

Desde el punto de vista literario he escrito siempre cuentos. Pero son cuentos privados, solo míos. Es cierto que alguna vez conquisté a una mujer a punta de cuentos, tal cual, pero en general, son míos, nadie los lee… hasta ahora.

* * *




COPASA CHOA
Por: Giovanni Castaño Robayo

I


-Copasa Choa, repitió.
-Hablo en serio- dijo el hombre con tono de disgusto.
-Copasa Choa, ese es mi nombre señor- contestó entre ofendido y humillado.
-Muy bien, don Cupasa o Copasa, lo que sea- dijo con una risa casi burlona. -Le
avisaré cualquier cosa. Así fue como el gerente dio por terminada la reunión que apenas había comenzado.

Copasa vio el aviso clasificado. Aquella compañía de vigilantes necesitaba personal responsable, honrado y entrenado y él cumplía con todos esos requisitos. Traía cartas de recomendación de la empresa en donde había trabajado antes en el mismo oficio. Se había abierto una nueva sede para el Museo del oro y necesitaban con urgencia cubrir la vigilancia de las salas recién inauguradas. Pero nuevamente su nombre se interponía entre él y sus aspiraciones. Su nombre otra vez, su maldito nombre. Maldito era la palabra acertada.

“Tu nombre está condenado y tú estás condenado por tu nombre”, le había dicho su madre cuando era niño y apenas podía hablar. Y no había dejado de repetírselo. Su padre y su abuelo le dijeron lo mismo. Ellos a su vez lo habían oído de sus padres y abuelos y éstos también y así sucesivamente escalando por generaciones atrás hasta quién sabe cuando.

El día que Copasa se atrevió a preguntar sobre su nombre la respuesta lo sorprendió. No encontró resistencia a la verdad, ni vergüenza. No percibió censura, ni siquiera timidez.

-No lo sé- dijo su padre. Y fue la misma respuesta de su madre, del abuelo y de cualquier familiar a quien le preguntara.

Copasa no podía entender cómo seguían manteniendo vigente semejante carga sobre sus corazones. Un nombre maldito implica un suceso muy grave en el pasado, una ofensa seria, un pecado. Pero un nombre maldito porque sí, sin razón, era inconcebible. Su transcurrió así, entendiendo que viviría sin sentido, sabiendo que él y también su descendencia debían seguir pagando por una falta de la que nadie daba razón.

Copasa se rebeló. Se negó a una vida dedicada a la servidumbre y decidió estudiar. Aunque jamás pisó una universidad, sí terminó la secundaria convirtiéndose en el más instruido de la familia. A pesar de la deshonra que implicó esta manifestación de rebeldía, la familia toleró con cierto agrado la insubordinación del muchacho. Ayudó mucho el dinero que comenzó a llevar a casa y su inteligencia: era cauto con sus palabras y eficaz en sus obras.


II


Copasa Choa afiló la hoja con habilidad. Sabía lo que hacía. Apiló la leña y untó el aceite con maestría. Las piedras comenzaron a calentarse hasta que pudo comenzar. La magia del fuego le permitía moldear las figuras a su antojo. La magia de su imaginación, sin duda obra de un dios, le permitía crear. Ganaría, era una certeza para su corazón. Lo que nunca imaginó es que esa hoja afilada y punzante acabaría con su vida. Mucho menos pudo predecir al responsable de clavarla en su cuello con tanta fuerza y determinación.

El Cacique había convocado a todos los orfebres de la comarca. Su idea era brillante: un concurso. El mecanismo tan original de competir por la mejor obra se había convertido en sí mismo en un atractivo sin precedentes. Quien elaborara la mejor representación de ese momento especial de la vida comarcal se llenaría de honores, de oro, de riqueza. Copasa Choa no se amilanó al ver la caravana de hombres que llenó los alrededores del poblado. Venían con sus mujeres, con sus hijos, con sus herramientas. Él sabía que ganaría.

Copasa, como todos los demás, dedicó su vida, con sus días y noches, al proyecto. Afilaba la hoja para poder esculpir la masa de oro aún blanda y apiñaba piedras y leña para moldear las figuras. Elaboró decenas de muestras hasta que encontró el tamaño ideal. Su mujer, a punto de parir su primer hijo, lo acompañaba asistiéndolo en lo relacionado con la escultura, pero también con la comida y la bebida. Copasa Choa estaba claramente obsesionado, no sólo con la idea de ganar, sino también con el futuro que podría ofrecer a ese hijo por venir y a su descendencia: honor para siempre. Hijos, nietos, bisnietos y los que siguieran…

El tamaño de la figura le ofrecía grandes dificultades. Su obra maestra implicaba gran precisión. La base le costó poco. Hilos de oro ya condensados le permitieron armar una malla en donde ubicaría los personajes. A los vasallos les dedicó tiempo pero en realidad no mucho. Fue la figura del Cacique la que absorbió su energía por completo. Sabía que él no se detendría a detallar el aspecto de sus acompañantes. Pero tenía la certeza de que se centraría en evaluar su propia figura. Así pues Copasa Choa pasó la mayor parte de sus horas de trabajo perfeccionando aquella miniatura.

Sobre un molde hecho en piedra, obtuvo el cuerpo de su cacique. Luego se concentró en llenarlo de detalles. Orejas con orificios. Orificios para los aretes. Aretes perfectos. Nariz con orificio, orificio para la nariguera, nariguera perfecta. Pectoral, pulseras, corona. Dado el tamaño de la figura, cada elemento era en sí mismo una obra preciosa. Y era obra suya, de Copasa Choa.


III


Copasa Choa, leyó su propio nombre en el carnet. Estaba feliz. Había conseguido
empleo, pero esa no era la causa de tanta felicidad. ¡Había logrado un trabajo en el Museo del oro! Finalmente lo había conseguido. Se ofreció como voluntario para los turnos nocturnos, eran las horas que necesitaba. Sus nuevos compañeros se sorprendieron cuando se ofreció también para el trabajo más arriesgado. Cuidar la pieza más valiosa de todo el museo. Aunque nunca se habían presentado intentos de robo, era claro que quien quisiera hacerlo buscaría sin duda ese elemento. La obra celebrada y publicitada. La joya de la corona.

El plan de Copasa Choa era preciso. Tenía que analizar la pieza con detenimiento, usando una lupa y sin dejar pasar ningún detalle. Sabía, por sus investigaciones en el Archivo Nacional, en donde también había trabajado como vigilante nocturno, que el elemento era la clave.

A pesar de sentir un impulso perverso que lo empujaba hacia ella, Copasa Choa hizo acopio de toda su inteligencia para no hacer nada durante el primer mes. Una vez fue claro que nadie lo vigilaba, que las cámaras se apagaban de 3 a 6 de la mañana, por razones de presupuesto, y que estaba siempre solo en el recinto, Copasa Choa dio inicio a su misión.

Conociendo el peso de la figura la tomó con delicadeza y la reemplazó por una piedra de exactamente el mismo gramaje. Los sensores detectaban peso exacto y aceptaban interrupciones de hasta dos segundos antes de disparar una alarma que hubiese atraído a la policía de la ciudad entera. Copasa Choa lo sabía, así que talló la piedra hasta que logró un peso idéntico al registrado para la pieza. Dedicó de 3:05 a 5:55 de cada mañana a revisar detenidamente esa obra, su única esperanza. Dos semanas más tarde, completamente desilusionado, Copasa Choa comprendió que el esfuerzo había sido en vano. Se dio una semana más. Si al cabo de dicho término no lograba obtener ninguna información, dejaría su trabajo, volvería al campo y se encargaría, él mismo, de transmitir a sus hijos la maldición.


IV


Copasa Choa, llamó el Cacique. El hombre se sintió más pequeño. Se acercó temeroso. Con un manto de hilo cubría su obra. Sus manos temblaban, su frente sudaba a pesar del frío. El Cacique recibió la pieza y, sin descubrirla, la ubicó al lado de las demás. Inclinó la cabeza como muestra de agradecimiento a su súbdito y llamó al siguiente. Los orfebres estaban agrupados a la derecha, no hablaban entre sí, se miraban con nerviosismo y desconfianza. Copasa Choa no era la excepción.

Llegó pues el momento. Los cantos de los chamanes acallaron la multitud. El Cacique agradeció a todos su presencia. Se dirigió sin demora a la primera obra y la destapó. Las exclamaciones de los asistentes fueron corroboradas por la cabeza del Cacique que asentía con satisfacción. Copasa Choa supo en ese mismo momento que no ganaría. La escultura era hermosa. Destellaba brillos de colores y su tamaño era casi real. De hecho se parecía a la suya, pero la talla de los personajes había permitido al orfebre ser más pulido en los detalles. Era en verdad una obra maestra. La multitud comenzó a golpear sus pies contra el piso, al unísono.

El Cacique descubrió la segunda obra y el público enloqueció. Al aplauso con los pies se añadieron los gritos y sobre todo la sonrisa del gobernante. Oro y esmeraldas daban forma a una figura que sin mostrarlo todo, representaba sin duda el momento pretendido, pero sobre todo su significado divino, poderoso. Para Copasa Choa, que acababa de confirmar su derrota, la forma especial de talla de las esmeraldas era la razón del brillo desproporcionado de la pieza. Incluso él mismo se sintió atraído por la escultura, tanto como para ser conciente de que tenía la boca abierta.

Cuando llegó el turno de la obra de Copasa Choa, el Cacique había dado claros signos de aprobación a todas las esculturas mostradas hasta el momento. Copasa Choa sentía el corazón saliéndose de su pecho. El Cacique tomó en sus manos la pequeña figura y como un niño, listo para recibir una sorpresa, levantó el manto. La expresión del hombre fue imitada por el público: decepción, enojo. Copasa Choa agachó la cabeza e ignoró los gritos de desaprobación de los asistentes. Se consoló pensando que ya sabía que no iba a ganar.

Al finalizar el concurso el Cacique se dirigió a su gente. Copasa Choa se vio obligado a atender su discurso. Mantener la cabeza gacha, como la quería tener en ese momento, hubiera sido una ofensa mayor. El Cacique agradeció a los orfebres por su dedicación y su tiempo. Les garantizó una compensación en oro por sus esfuerzos y se dispuso a anunciar el ganador.

La obra con esmeraldas que había hecho abrir la boca al mismo Copasa Choa se hizo con el primer premio. El ganador sonreía, su mujer se desmayó y el Cacique rió a carcajadas, satisfecho. La multitud comenzó a dispersarse y Copasa Choa, sintiéndose desdichado, se fue alejando del grupo.


V


Copasa Choa, descifró el hombre. No podía creerlo. Su abuelo le había enseñado algunas letras de la escritura muisca, una mezcla de puntos y rectas que habrían hecho morir de la envidia a Samuel Morse. Copasa Choa, repitió. Lo sabía. Era la firma de su ancestro. Era obra suya. La escritura estaba en las caras internas de los hilos de oro de la base. Solo buscándolas como él lo había hecho se podían encontrar. Y entonces, con su pobre conocimiento sobre aquel primitivo alfabeto, Copasa Choa leyó, como un niño arrancando las primeras palabras a su libro de lectura, la verdadera historia de su nombre:

Copasa Choa había sido llamado ante el Cacique. Se alejaba del grupo mientras todos se dispersaban pero el coro de chamanes los llamó de nuevo. Todos recibirían su compensación en oro. Sus obras serían echadas al fondo de la laguna. La obra ganadora sería ofrecida a los dioses en la hoguera. Pero la pieza indigna, aquella que no reflejaba la realidad, aquella hecha con descuido y sin inspiración, sería fundida al cuello de su escultor. El Cacique señalaba a Copasa Choa y él, sabiendo lo que le esperaba, dejó escapar una única lágrima que nadie vio. El Cacique expresó su indignación. La imagen suya elaborada por Copasa Choa le pareció muy pequeña para su grandeza y con detalles muy burdos dada su propia perfección.

Copasa recibió la pieza para que la preparara para el castigo. La preparación consistía en añadirle un collar de oro, para que luego éste fuera fundido, con pleno fuego, al cuello del propio orfebre. Días después vendría la inevitable muerte. Copasa Choa lo decidió todo con rapidez, instruyó a su mujer para la huida y se encerró en una cueva. Allí inscribió sus últimas palabras en su obra, una balsa representando al Cacique y sus vasallos flotando sobre la laguna. La metió en un ánfora, la enterró lo más profundo que la prisa le permitió y se rasgó el cuello con la hoja que el mismo había afilado.

Ante las noticias del suceso el Cacique lo maldijo, condenó a toda su descendencia a llevar el mismo nombre y ligado a esta decisión, los sentenció a una vida miserable y servil por toda la eternidad.

Copasa Choa no pudo evitar sonreír cuando devolvió el objeto más preciado del museo, “La balsa muisca”, a su lugar. Sí, ahora todo estaba en su lugar.

* * *

domingo 30 de noviembre de 2008

Adolfo Villafuerte

Sé, con certeza, que Adolfo Villafuerte hace parte del Taller de Cuento "Ciudad de Bogotá 2008". Él dice de sí mismo: "Nací en Venezuela, viví en Ecuador y luego viví en Colombia, hasta que empecé a escribir". Su biografía se complementa los siguientes datos:

Edad: 25
Sexo: Hombre
Horóscopo: Capricornio
Año zodiacal: Perro
Ubicación: Colombia

Ver y leer más en:

http://cosmotrujillense.blogspot.com/
http://www.writerscafe.org/writers/Adolfo/

Si se fijan, algunos diagramas de torta pueden llegar a parecerse a Pacman



(DD/MM/AAAA)


Estimados señores a cargo de esta empresa,


Me place enormemente el tener la oportunidad de participar en esta convocatoria que busca ensalzar los valores corporativos, en la que ustedes tan generosamente nos permiten hincar aún más nuestros lazos con esta respetable organización.

Nunca me he considerado a mi mismo como un escritor ni mucho menos un poeta. Mis modestas palabras buscan, por encima de cualquier otro objetivo personal que pudiera afectar la gran causa, el expresar mi estima y respeto hacia las políticas y procedimientos de esta compañía, en la que he tenido la suerte de permanecer por más de quince años, gozando de la estabilidad de un mismo puesto. Esta experiencia invaluable me ha permitido el desarrollo de cierta perspectiva que creo, ustedes damas y caballeros de visión, sabrán apreciar, aunque sea para indultar a un servidor.

Ahora, si lo tienen a bien, me gustaría comenzar.

A través de los años he podido apreciar muchos rostros yendo y viniendo, subiendo y bajando. El ver crecer a esta empresa me ha dado algo tan valioso como lo podría haber sido el ver crecer a los hijos que nunca tuve. Pero también, debo admitir, siento ese mismo deber de protegerla de todo cual no se encuentre en su mejor interés y pueda llegar a influirla negativamente. Y es que todo, pienso yo, debe basarse en la disciplina. El orden puede llegar a ser un conflicto cuando tantos nombres confluyen en la nómina de la organización; por esto, creo que se debe empezar por lo básico y tratar de rescatar lo mejor de nuestras tradiciones. Un código de vestimenta se pide a gritos. A través de mis años he podido ser testigo de la degeneración de la forma en que nos vestimos, o lo que llaman “moda”. He sido testigo silencioso, pero creo que ha llegado el momento de poner un alto. No tengo que extenderme demasiado para demostrar mi punto, pues creo que un recorrido por la cafetería en horas de almuerzo será más que suficiente: ropas escandalosas, faltas de una plancha; zapatos deportivos chillando encima del mármol sobre el cual nuestro logo corporativo resplandece. Todas las mujeres en pantalón, lo cual debería ser bastante sin necesidad de acotar que muchos de estos obscenamente aprietan y moldan las excesivas figuras femeninas que fomenta la decadencia actual. Una vergüenza, que incluye mujeres en estado de embarazo, las cuales no tendrían nada que hacer en la empresa en primer lugar, pues han decidido comprometerse a otros motivos, totalmente ególatras. Mi propuesta consiste en, hacer uso de cada uno de los dos módulos de las instalaciones, de modo que los empleados varones laboren en el principal, mientras las mujeres lo hacen en el otro. Mujeres embarazadas deberán ser dimitidas tan pronto como se conozca de tal condición.

Mi siguiente punto nos lleva a la optimación de los recursos humanos. La base de una gran corporación son sus empleados, que deberán seguir y obedecer a supervisores, gerentes y presidentes. A medida que el número de empleados ha venido creciendo, he podido observar un apreciable baja en la moral colectiva. Me parece que esto se puede descifrar en un exceso de concordia entre empleados. Habremos de recordar en todo momento que servimos a un motivo superior y que cada uno de nosotros es una pieza fundamental en el funcionamiento de nuestra gran familia corporativa. Habrá que ser estrictos en cuanto al trato entre empleados. Los memorandos ya no serían suficientes; recortes de sueldo, sería el paso a seguir. Mi propuesta consiste básicamente en, recortar el sueldo administrativo a la mitad, conservando el resto como una variable. Cada desacato a las reglas corporativas inmediatamente se traducirá en un aviso por escrito con la respectiva merma a la variable, y si este aviso se pudiere hacer público, como por ejemplo en una “cartelera del oprobio”, tanto mejor.

Siguiendo en el tema de optimación. Las generaciones actuales, cada vez más sobre-estimuladas por los medios de comunicación y la tecnología, simplemente no se concentran en sus trabajos. Esta acumulación de información inútil no ha servido para otra cosa sino para fomentar la individuación que, a la vez, crea individuos dispersos, mediocres en muchas cosas, en lugar de sobresalir en unas pocas; en fin, individuos no aptos para el trabajo en equipo.

Entonces pues, me place informarles que en estos últimos dos años he estado trabajando en una fórmula; la fórmula que le devolverá la satisfacción de un trabajo bien hecho a todas estas pobres mentes desperdigadas. Se trata de una sustancia, a base de tricloroetano, que he venido perfeccionando a lo largo de estos dos últimos años y a la cual acabo de dar punto final. Se trata de simplificar el proceso cognitivo, de combatir el exceso de conocimiento superfluo, mal de nuestras últimas generaciones. Los múltiples experimentos que he llevado a cabo adicionando la sustancia a las máquinas dispensadoras de café, me han permitido venir reduciendo los efectos secundarios, tales como convulsiones y vómitos en proyectil, considerablemente.

Mis disculpas si me excedí en el número de experimentos, pues entiendo muy bien lo significativo que es para la empresa la incapacitación y en algunos casos, bajas remuneradas de estos empleados; sin embargo, no me cabe la menor duda de que los resultados finales compensarán con creces nuestros sacrificios.

Con la certeza de haber creado un canal de comunicación continua entre ustedes, respetables señores, y su aquí humilde servidor, entrego a su parecer mis presentadas propuestas, dejando para futuras comunicaciones algunas licitaciones adicionales, tales como el acortamiento de los cables en los headsets de los agentes de tele-mercadeo y servicio al cliente, complementando con el sistema de hipnotismo por contraste de colores en los monitores de los computadores en el que he venido trabajando también durante estos últimos seis meses y que todavía se encuentra en etapa de prueba.

Sin más, me despido.



Su leal y humilde servidor.
Agente 11215070, Sector B